Los números se perfilan y a la derecha ya le empiezan a
cuadrar sus cuentas, la última oleada de encuestas no dejan lugar a muchas dudas,
el Partido Popular y Ciudadanos tendrían, de celebrarse ahora las elecciones,
el mismo porcentaje de votos que tuvo el PP en las generales de 2011.
Los partidos que no son de derechas, por adoptar una
denominación de la nueva política, apenas sumarían unos puntos a los apoyos ya
alcanzados la vez pasada, con un porcentaje claramente insuficiente para
alzarse con la victoria, ni sueltos ni agrupados tras las elecciones.
Pero aun reconociendo la capacidad de la derecha para
recomponerse, activar a sus votantes más distantes, trasladar a otros el temor
ante un futuro radical, presentarse como parte de los nuevos tiempos con su
flamante marca blanca, vender una recuperación económica de la que solo unos
pocos se benefician, cuando no salvarnos de la catástrofe nacional que
representa el “conflicto catalán” recuperando el grito de guerra ¡Santiago y
cierra, España!, parece evidente que la
izquierda en general y la izquierda alternativa en particular, han cometidos
grandes errores de apreciación de la realidad concreta.
Los efectos prácticos del impacto de la crisis en los
trabajadores y otros sectores populares golpeados por la misma, no
desencadenaron grandes luchas generales y ofensivas a favor de otro modelo para
afrontar la crisis, bien al contrario, los trabajadores se replegaron y los
conflictos cuando se dieron lo fueron de carácter aislado y defensivo. A los pocos
momentos en que se activaron más reivindicaciones y más gente salió a la calle para
defenderlas participando en las mareas, les siguió la desmovilización más
absoluta.
Frente a una clara pérdida de conciencia social y el
retroceso de los valores de igualdad y solidaridad que representa la izquierda,
se quiso ver la quiebra del régimen del 78 y la apertura de un inminente proceso
constituyente tras las elecciones venideras. Los mismos que no habían sido
capaces de defender los derechos adquiridos y oponerse con éxito a los recortes,
ahora de la noche a la mañana, se
sentían con capacidad para cambiarlo todo.
Frente al necesario rearme ideológico y la pedagogía que
favoreciera un giro social a la izquierda, fundamentado en un programa
alternativo con soluciones concretas y viables en los asuntos que tienen que
ver con las condiciones de vida y trabajo de las clases populares, se quiso ver
una ventana de oportunidad histórica para “el cambio”, el famoso “ahora o
nunca” que de ser tomado al pie de la letra nos llevaría inevitablemente el
próximo año directamente a nuestra casa.
Izquierda Unida no escapo tampoco a la sinrazón de la nueva
política, tras el resultado de las elecciones europeas asumió con la fe del
converso deslumbrado, todas y cada una de las nuevas verdades, el supuesto
protagonismo de la gente frente a los partidos, la sustitución de estos por
plataformas “auto-organizadas” de ciudadanos, donde las clases medias
empobrecidas e indignadas sustituyeron al viejo conflicto capital-trabajo y los
sindicatos fueron puestos bajo sospecha de connivencia con el sistema.
El único camino que nos conduciría irremediablemente al
éxito no sería otro que la Unidad Popular, atrás quedo la convergencia política
que se asentaba en un programa y las viejas coaliciones, ahora llamadas
despectivamente “sopas de siglas” y a la vanguardia una nueva generación de valientes
a los que les había llegado su tiempo y no les temblaría el pulso ante
cualquier obstáculo que se cruzase en su camino, dispuestos a sacrificarlo todo
en favor de la unidad orgánica que articularia políticamente el cambio.
El partido socialista recurrió a su habitual solución, cambiar las caras para no tener que cambiar
nada más, situándose a la espera de la caída del PP como fruta madura y muy atento
a la coyuntura, con la brújula en la mano para determinar si corresponde girar
a babor o estribor en el último momento y salir al encuentro del imprescindible
socio con el que completar una hipotética mayoría.
Pero han bastado unos meses para que todo se viniera abajo, el
PSOE no despega, la caída en la intención de voto de Podemos y su desesperada
fuga al centro con una arbitraria manera de designar candidatos y los deslumbrantes
fichajes, unido al fulgurante ascenso de Ciudadanos, aupado con los mismos
métodos mediáticos que ya se habían demostrado útiles en el pasado más
reciente, nos devuelve a un escenario real donde para IU subsistir se convierte
en el único objetivo.
El tiempo se agota, las elecciones están encima y es muy
difícil poner en valor lo que antes se quería liquidar, no es fácil borrar la
imagen de Izquierda Unida llamando a la puerta de Podemos día y noche, es
complicado pasar de unas líneas orientativas a un programa que no dará tiempo a
exponer, ni siquiera recuperar el logo asegura que se nos perciba tal y como
éramos. La factura del viaje a ninguna parte parece que la vamos a tener que
pagar íntegramente.
No era tan difícil hacer las cosas solo regular, hubiera
bastado con no meterse en el laberinto del que ahora queremos salir a la
carrera, con no tirar la toalla, con tener confianza en las propias
convicciones, con no guardar la mochila en el armario tantos meses,
relacionarse con otros de igual a igual, respetar a los militantes y a sus
organizaciones, aparcar las ambiciones disfrazadas de renovación y no ceder el
timón a quien no tenía por costumbre adentrarse en mar abierto.
La coyuntura como tantas veces no nos benéfica, pero a eso
ya estábamos acostumbrados, lo que no podíamos ni imaginar, es lo que hemos
tenido que ver y el bochorno que hemos tenido que pasar.
Trabajaremos en esta campaña electoral para derrotar al
Partido Popular y por el mejor resultado posible para Izquierda Unida, pero
nosotros sabemos que los milagros no existen.
Andrés Hidalgo

No hay comentarios:
Publicar un comentario