viernes, 20 de noviembre de 2015

Salir del laberinto



Los números se perfilan y a la derecha ya le empiezan a cuadrar sus cuentas, la última oleada de encuestas no dejan lugar a muchas dudas, el Partido Popular y Ciudadanos tendrían, de celebrarse ahora las elecciones, el mismo porcentaje de votos que tuvo el PP en las generales de 2011.

Los partidos que no son de derechas, por adoptar una denominación de la nueva política, apenas sumarían unos puntos a los apoyos ya alcanzados la vez pasada, con un porcentaje claramente insuficiente para alzarse con la victoria, ni sueltos ni agrupados tras las elecciones.

Pero aun reconociendo la capacidad de la derecha para recomponerse, activar a sus votantes más distantes, trasladar a otros el temor ante un futuro radical, presentarse como parte de los nuevos tiempos con su flamante marca blanca, vender una recuperación económica de la que solo unos pocos se benefician, cuando no salvarnos de la catástrofe nacional que representa el “conflicto catalán” recuperando el grito de guerra ¡Santiago y cierra, España!,  parece evidente que la izquierda en general y la izquierda alternativa en particular, han cometidos grandes errores de apreciación de la realidad concreta.

Los efectos prácticos del impacto de la crisis en los trabajadores y otros sectores populares golpeados por la misma, no desencadenaron grandes luchas generales y ofensivas a favor de otro modelo para afrontar la crisis, bien al contrario, los trabajadores se replegaron y los conflictos cuando se dieron lo fueron de carácter aislado y defensivo. A los pocos momentos en que se activaron más reivindicaciones y más gente salió a la calle para defenderlas participando en las mareas, les siguió la desmovilización más absoluta.

Frente a una clara pérdida de conciencia social y el retroceso de los valores de igualdad y solidaridad que representa la izquierda, se quiso ver la quiebra del régimen del 78 y la apertura de un inminente proceso constituyente tras las elecciones venideras. Los mismos que no habían sido capaces de defender los derechos adquiridos y oponerse con éxito a los recortes, ahora de la noche a la mañana,  se sentían con capacidad para cambiarlo todo.

Frente al necesario rearme ideológico y la pedagogía que favoreciera un giro social a la izquierda, fundamentado en un programa alternativo con soluciones concretas y viables en los asuntos que tienen que ver con las condiciones de vida y trabajo de las clases populares, se quiso ver una ventana de oportunidad histórica para “el cambio”, el famoso “ahora o nunca” que de ser tomado al pie de la letra nos llevaría inevitablemente el próximo año directamente a nuestra casa.

Izquierda Unida no escapo tampoco a la sinrazón de la nueva política, tras el resultado de las elecciones europeas asumió con la fe del converso deslumbrado, todas y cada una de las nuevas verdades, el supuesto protagonismo de la gente frente a los partidos, la sustitución de estos por plataformas “auto-organizadas” de ciudadanos, donde las clases medias empobrecidas e indignadas sustituyeron al viejo conflicto capital-trabajo y los sindicatos fueron puestos bajo sospecha de connivencia con el sistema.

El único camino que nos conduciría irremediablemente al éxito no sería otro que la Unidad Popular, atrás quedo la convergencia política que se asentaba en un programa y las viejas coaliciones, ahora llamadas despectivamente “sopas de siglas” y a la vanguardia una nueva generación de valientes a los que les había llegado su tiempo y no les temblaría el pulso ante cualquier obstáculo que se cruzase en su camino, dispuestos a sacrificarlo todo en favor de la unidad orgánica que articularia políticamente el cambio.

El partido socialista recurrió a su habitual solución,  cambiar las caras para no tener que cambiar nada más, situándose a la espera de la caída del PP como fruta madura y muy atento a la coyuntura, con la brújula en la mano para determinar si corresponde girar a babor o estribor en el último momento y salir al encuentro del imprescindible socio con el que completar una hipotética mayoría.

Pero han bastado unos meses para que todo se viniera abajo, el PSOE no despega, la caída en la intención de voto de Podemos y su desesperada fuga al centro con una arbitraria manera de designar candidatos y los deslumbrantes fichajes, unido al fulgurante ascenso de Ciudadanos, aupado con los mismos métodos mediáticos que ya se habían demostrado útiles en el pasado más reciente, nos devuelve a un escenario real donde para IU subsistir se convierte en el único objetivo.

El tiempo se agota, las elecciones están encima y es muy difícil poner en valor lo que antes se quería liquidar, no es fácil borrar la imagen de Izquierda Unida llamando a la puerta de Podemos día y noche, es complicado pasar de unas líneas orientativas a un programa que no dará tiempo a exponer, ni siquiera recuperar el logo asegura que se nos perciba tal y como éramos. La factura del viaje a ninguna parte parece que la vamos a tener que pagar íntegramente.

No era tan difícil hacer las cosas solo regular, hubiera bastado con no meterse en el laberinto del que ahora queremos salir a la carrera, con no tirar la toalla, con tener confianza en las propias convicciones, con no guardar la mochila en el armario tantos meses, relacionarse con otros de igual a igual, respetar a los militantes y a sus organizaciones, aparcar las ambiciones disfrazadas de renovación y no ceder el timón a quien no tenía por costumbre adentrarse en mar abierto.

La coyuntura como tantas veces no nos benéfica, pero a eso ya estábamos acostumbrados, lo que no podíamos ni imaginar, es lo que hemos tenido que ver y el bochorno que hemos tenido que pasar.

Trabajaremos en esta campaña electoral para derrotar al Partido Popular y por el mejor resultado posible para Izquierda Unida, pero nosotros sabemos que los milagros no existen. 

Andrés Hidalgo

No hay comentarios:

Publicar un comentario