Los resultados de las elecciones no
representan una gran sorpresa aunque todos nos hayamos sorprendido, han venido
a confirmar en buena medida el éxito de la estrategia a que hemos estado
sometidos el último año, cambiar de actores para tratar que no cambie mucho la
política.
Quiere esto decir que hemos sido
objeto de una conspiración, evidentemente no, no se trata de eso. Pero nadie
negara que han sido muchas las fuerzas interesadas en encauzar debidamente el
devenir de los acontecimientos para que este ciclo político terminara en el
punto más cercano posible al de partida.
La telecracia ha operado como
nunca antes habíamos conocido. Los medios
seleccionaron por nosotros a los protagonistas, que ya no serían los
partidos sino sus candidatos, los clasificaron en actores principales,
secundarios y de reparto, les asignaron un papel y un lugar en sus espacios que
no fue difícil materializar mediante una administración arbitraria de sus propios
recursos.
Cuando las televisiones de
extrema derecha empezaron a llevar a Pablo Iglesias y a sus compañeros a las
tertulias había un claro objetivo político, debilitar las opciones de izquierda
y hacer imposible una alternativa solvente al PP, cuando empezaron a ser asiduos de la sexta, también
había un clara intencionalidad política y cuando el espectáculo se desbordo, el
presidente de un importante banco clamo “lo que necesitamos es un Podemos de
derechas” y no tardaron mucho en conseguirlo, Ciudadanos salió de su reserva
catalana e ilumino a una parte no despreciable del electorado ¡lo que no
consiga un banquero!
Se trataba de desgastar a unos,
dividir a otros, motivar a los abstencionistas que interesaba, despertar
preocupación por los posibles resultados desestabilizadores, silenciar a los no
deseados, en suma, limitar los daños electorales previsibles, después de los
sufrimientos que una parte importante de la población ha padecido con la
crisis.
Para ello, era preciso sacar del
foco los problemas reales, el paro, las condiciones de trabajo, los salarios,
la sanidad, la educación, etc..., y meter en su lugar la artificial pugna entre
lo viejo y lo nuevo, el conflicto entre generaciones y el “cambio” como
elemento acaparador de todo, que exime siempre de concretar lo que
verdaderamente se quieren cambiar y el cómo hacerlo, que en muchos casos suele
ser más importante.
Encima de la mesa tenemos las
conclusiones, en el mejor de los casos un empate, si lo miramos desde la óptica
clásica de izquierda y derecha, de difícil desenlace donde ira cobrando peso la
opción de repetir las elecciones.
Pero nos equivocaríamos si resumiéramos todo al buen hacer de las
derechas, que han sabido aprovechar sus oportunidades. Claramente las
izquierdas han perdido el sentido de la orientación, se han dejado arrastrar,
cuando no han sido protagonistas en primera persona, del mismo concepto vacuo
del cambio, “el cambio que une” proponía el PSOE, “paso al cambio” pedía
Iglesias en el cierre de campaña y reclamaba “5 acuerdos para un nuevo país” y
Garzón también “Por un nuevo país”.
Para la izquierda alternativa que
representaba Izquierda Unida, los resultados son demoledores y sin embargo se
quieren presentar como aceptables, incluso algunos hablan de campaña heroica.
Pero sabemos que nuestra campaña ha
sido la más personalista de nuestra historia, para terminar teniendo el mismo
resultado que las encuestas nos daban antes de la misma. Conseguir movilizar a
la propia militancia al final de la campaña más por despecho que por otra cosa,
no lleva muy lejos como hemos podido comprobar.
Se quiere pasar por alto los
meses que estuvimos llamando a las puertas de Podemos recibiendo desprecios,
como si ello no nos hubiese descapitalizado políticamente, incluso en algunos
casos nuestro candidato llego más lejos reconociendo valores ocultos en Podemos
y defectos en IU cuando dijo textualmente "Me
aterroriza que Podemos se pueda convertir en otra IU".
Evidenciamos públicamente que habíamos
quedado eclipsados por Podemos, para cuatro días después, ya en campaña
electoral, decir que “Podemos ha aceptado
gran parte del discurso de la derecha” en palabras del candidato Garzón y ahora
volvemos tras las elecciones, al discurso anterior a la campaña y reclamamos
otra vez la unión con Podemos. Hemos tenido un discurso y su contrario. Es difícil
encontrar en nuestro pasado reciente momentos en los que la improvisación, el
tacticismo y la falta de criterio estuvieran tan presentes.
Parecería razonable que una vez
tocado fondo, recobrásemos la serenidad y abriéramos un debate tranquilo sobre
lo ocurrido y las iniciativas a tomar en el futuro, las propuestas políticas que
queremos defender y como defenderlas. Por desgracia ya se oyen voces atrevidas
que lo tienen todo claro, liquidar Izquierda Unida y crear una cosa que se
llame Unidad Popular, los contenidos después, eso es otra historia...
Sinceramente creo que quienes se
han equivocado tanto, en el pasado más inmediato, debieran ser más prudentes
cuando hablan de futuro.
Andrés Hidalgo

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